miércoles , 22 mayo 2024
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Comer, pensar, amar

Autores: Analía Perez & Dr. Eduardo Berteuris (coaches en PNL/EPEP)

En la alimentación intervienen los cinco sentidos y se ponen en juego tanto la memoria como aspectos sociales y genéticos, transformando una necesidad nutricional en una experiencia.


¿Por qué y para qué comemos? La respuesta más común es “para satisfacer las necesidades nutricionales y energéticas del organismo”. Por esa razón se elaboran dietas relacionando el gasto energético que va a tener esa persona con la cantidad de calorías de la ingesta. Si el balance es negativo, se bajará de peso; si el balance es positivo se ganará peso. Pero hay más…

El apetito

Existen señales biológicas que activan mecanismos que impulsan la ingesta de alimentos y otras señales biológicas que hacen exactamente lo contrario; incitan a dejar de comer. El cerebro impulsa la ingesta de alimentos por dos vías distintas: una de ellas tiene relación con el metabolismo y la segunda con los circuitos del placer.

El hipotálamo es la glándula del cerebro que se encarga de regular el apetito a través del metabolismo. Para llevar adelante esta función, hace un monitoreo del cuerpo a nivel químico y, de acuerdo a lo que encuentra, estimula o no la ingesta de alimentos aumentando o disminuyendo el apetito. Las áreas de recompensa y placer se activan a través de estructuras cerebrales específicas (el área tegmental ventral y el núcleo accumbens) cuando vemos o imaginamos aquellos alimentos que más nos gustan. En muchas ocasiones el cerebro forma imágenes mentales de estos alimentos para recompensarse por algún esfuerzo y, cuando lo estamos comiendo, se produce un diálogo interior que anula la culpa y nos dice que comamos tranquilos porque lo merecemos.

La saciedad

Hay distintos mecanismos; uno de ellos utiliza censores que miden el estiramiento de las paredes del estómago y, cuando se alcanza determinado límite, informan al cerebro sobre la necesidad de dejar de comer. Lamentablemente si la persona hace caso omiso, se produce cierto acostumbramiento a la acción de estos receptores. Por otra parte, el sistema sólo mide cuánto hemos comido, no la calidad del alimento ingerido; para eso existe otro mecanismo que regula la presencia de glucosa en sangre: se trata de un sistema químico de control más lento que el anterior porque necesita que las concentraciones aumenten en sangre y esto puede ocasionar que nos detengamos cuando ya hemos comido demasiado.

Con los cinco sentidos

Tradicionalmente los alimentos dulces se asocian a un gran valor energético y un alto valor nutritivo y los alimentos amargos a cierta toxicidad. La cultura también tiene gran influencia dentro de la alimentación. En ese sentido, la incidencia de los cinco sentidos es decisiva; está comprobado que si se usan cubiertos grandes, comemos menos porque el cerebro interpreta que se está comiendo mucho. Lo mismo ocurre si se sirve la comida en platos chicos, aunque la cantidad de la porción sea igual a la servida en un plato grande, el cerebro interpreta que está comiendo más y se consigue saciedad antes.

Otro factor importante es el color. El contraste entre el plato y la comida también influye; cuanto más contraste, mayor saciedad. Por esa razón no son aconsejables los platos blancos, y se prefieren los de colores intensos. Del mismo modo funcionan los manteles.

Modificando el ambiente podemos influir en la cantidad de comida que ingerimos: si la luz es tenue y la música es suave y melódica, se come menos que si el ambiente está muy iluminado y con música alta o estridente. La decoración puede convertirse en otro factor determinante, con fotos de alimentos sanas por ejemplo, como frutas y verduras, que predispondrán al cerebro a elegir comidas más saludables.

La memoria en este caso también tiene un rol determinante, a través de recuerdos asociados a buenos momentos compartidos con personas queridas con distintos platos de comida.

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